Subjetivo y Sin Autofocus
Sobre la Torre Cube de Carme Pinós
Pasajes de Arquitectura y Crítica #73, 2006
On Diseño #274, Julio 2006
Betonart #16, Spring 2006


Fotografía de Lourdes Grobet.

Hablar de la Torre Cube supone hacer un ejercicio de aproximación gradual y muy parcial a un edificio que evita desde el primer momento ser capturado de un vistazo; ni planos, ni imágenes, y mucho menos las palabras son capaces de enfocar la mirada sobre algo tan escurridizo. Acostumbrada a esquivar, la arquitectura de Carme Pinos se convierte en este proyecto en un compendio de espacios que el observador, una vez aceptado el reto, debe capturar transformándose en cazador y aceptando, tras largas exploraciones, que nunca conseguirá su trofeo completo. Esto ya no es la “promenade architecturale” lecorbusieriana, sino más bien la “poursuite architecturale” contemporánea.
El valor que estos apuntes pudieran tener se basa así en la experiencia de la observación paulatina de su crecimiento desde fuera, en el percatarse de que cada paso que daba era una nueva oportunidad para descubrir algo nuevo y a menudo sorprendente; y recordarlo ahora, se revela como la única manera (i)lógica de acercarnos al edificio desde la distancia. Pequeños flashes de estados intermedios en construcción cuya importancia no hace sino reforzar su estado de intermitente presencia que hacen que, una vez acabada la obra, queden como esperando a ser descubiertos de nuevo, eclipsados en parte por la fuerte presencia del resultado final. Un resultado que no se nos muestra a través imágenes complejas, sino más bien todo lo contrario: representaciones aparentemente sencillas, completas y definidas, las cuales sólo nos dan muestras de nuestro autoengaño una vez empezamos a empaparnos en ellas.
Ante la crisis (y posterior decepción) que supondría esperar una descripción detallada del edificio, y la incapacidad propia para apoyarme en exposiciones objetivas que consiguieran revelar siquiera una parte de la experiencia, me inclino por disponer una serie de ideas e imágenes parciales sobre el papel, dispuestas de una manera no estrictamente lineal. La intención es poder aportar (o al menos, intentarlo) una aproximación al descubrimiento paulatino que hemos experimentado aquellos que hemos observado su construcción en tiempo real. Se trata de comprimir la visión y el asombro del estudio ocurridos entre el 2003 y el 2005.
A pesar de que la arquitectura de Carme Pinos no pueda analizarse desde el punto de vista diagramático, ya en los primeros croquis de la Torre Cube podemos ver algunos rasgos definitorios de los diagramas. Estos dibujos contienen toda la información del proyecto. Podríamos decir que tendrían el valor de un esquema estructural sino fuera porque al mismo tiempo es también diagrama proyectual. No hay diferencia. La estructura no es parte integrada al edificio a posteriori, y mucho menos se oculta en pieles difusas e imágenes contemporáneas; es fachada y edificio a la vez. No hay más.
Y aquí es donde ocurre lo inaudito: los espacios se adaptan u ocultan en ella (no al contrario); se aprovechan de ella como las hojas y los animales se apropian de los troncos de los árboles. Una estrategia que utiliza elementos naturales para su organización, pero que rehuye de la mimesis como respuesta a la metáfora planteada. Estructura como soporte y fachada, mínimos materiales empleados… Esta elemental situación casi insolentemente primitiva, acerca la obra a esa especie arquitectónica llamada brutalismo; pero como ya en su época supieron superar los Smithson, en este caso ocurre algo similar… la obra de Pinos es capaz de resituarse en ese punto inestable donde confluyen claridad y expresión a un mismo nivel, poniendo el máximo empeño en descodificar lo que habitualmente entendemos por superfluo, lo que lleva inevitablemente a la búsqueda del valor preciso entre dramatismo y sensualidad, entre exhibición e insinuación tan característico de la toda su obra.
El proyecto es un ir y venir entre estos dos factores; muestra la sensación de estar continuamente esquivándote. Un sistema que una vez formado, ofrece caras opuestas según sea desde donde se mire. Transparencia, levedad, movimiento… imágenes que surgen a cada paso dado y que no hacen mas que reincidir en esa sensación de sorpresa o perplejidad constantes.
Son éstos y otros muchos, temas recurrentes en el trabajo del estudio. Y se muestran en el edificio como también aparecen en el proceso de acercamiento al proyecto. Flotan continuamente y van apareciendo poco a poco, casi de manera inevitable e inconsciente, haciendo que el edificio responda al lugar y a sus condiciones de la manera más precisa posible y, por que no decirlo, orgulloso de sus singularidades. Prueba y error… como si de acciones concéntricas se trataran, dibujos y maquetas se van precisando hasta encontrar ese punto exacto entre expresión y compromiso.
También en la Torre Cube somos presas de este estado de confusión cuando intentamos apropiarnos de la escala del edificio. Solemne y majestuoso desde la lejanía, una posterior aproximación nos descubre una cara más amable y cercana. Un hall fragmentado nos acoge y nos lleva al interior mismo de la estructura; o mejor dicho, al vacío donde ya no hay ni estructura ni edificio. Un espacio difuso e indeterminado… ni exterior ni interior, y definido por la ausencia, este espacio funciona como mecanismo climático de ventilación natural. Trabajando como una chimenea de circulación de aire y linterna naturales al mismo tiempo, es en este lugar donde el carácter protector del edificio se difumina para obtener un espacio mayoritariamente representativo y cargado de referentes históricos.
A medida que subimos la vista hacia arriba, y de nuevo desde el exterior, contemplamos una nueva paradoja que nos deja atónitos: volúmenes de madera macizos desde la vista frontal, se transforman en ligeras y transparentes piezas que vuelan sobre nuestras cabezas o atraviesan el suelo que pisamos. Estos volúmenes, que parecen querer escapar del soporte, conforman los espacios de oficinas; la adaptación a las circunstancias naturales del entorno (un clima por lo general benévolo) generó las estudiadas ausencias materiales entre ellos (en búsqueda del movimiento del aire), lo que provoca una fascinante sensación de ingravidez.
Pero parece que hasta ahora no hemos podido percibir esa condición tan espontánea y característica de la obra de Pinós como es el contacto de sus edificios con el suelo, la manera de agarrarse al lugar físico del cual proviene. Esta vez, el proyecto no emerge de la tierra como disparado, sino todo lo contrario; se interna del modo más elocuente posible: abriendo el terreno, permitiendo que el soporte lo atraviese sin tocarlo y los volúmenes puedan también ocultarse en parte en él, de modo que la torre quede suspendida sobre el primer nivel subterráneo. Volúmenes y rampas que vuelan sobre el nivel de parking continuo provocan, aún más si cabe, la ilusión de que uno puede encontrarse fuera aun estando protegido por un techo. Otra vez, desde este espacio, contemplamos la estructura como si nada, impasible en su paso hacia los cimientos. Se sigue mostrando como un referente, como un localizador incluso en las situaciones en las que la desorientación podría hacer acto de presencia.
Y es en este punto donde la metáfora de árbol aparece como un nuevo engaño: dentro de la tierra, esta especie no hecha raíces. Como si incluso una vez que ésta fuera a ser agarrada, intentara evitar por todos los medios ser atrapada. El sistema arborescente ha desaparecido, y con él, la clásica organización de basamento, cuerpo y remate habitual de las torres. En este caso, el cuerpo se ha desnudado dejando al descubierto la estructura; el basamento ha sido sustituido por el contacto entre estructura y suelo, un contacto que aparentemente parece no existir; y un remate que se ha transformado de nuevo en estructura, en un juego plástico de volúmenes de hormigón blanco que inevitablemente nos recuerda a las azoteas de la Unité d'habitation de Le Corbusier en Marsella.
En una época en la que la arquitectura está llamada a responder a los nuevos retos a los que deberá enfrentarse en el futuro desde el presente (tanto desde el punto de vista social, económico, formal y ecológico), resulta refrescante observar cómo desde una posición en la que se reconocen las limitaciones del pasado de la disciplina (del movimiento moderno principalmente), se ofrece la réplica contemporánea utilizando las mismas armas que siempre, sólo que mutadas. O más bien podríamos decir que potenciadas; aumentando la capacidad de reacción de cada elemento que componen el sistema (puesto que cada cuerpo participante se valora como crucial) y trascendiendo la finalidad vulgarmente supuesta para cada uno de ellos.
El trabajo y discurso de Pinós en este proyecto toman un carácter peculiar, más interesados en reducir la complejidad del proyecto en beneficio de la claridad de la experiencia espacial, pero también insistiendo en la percepción parcial y personal del individuo, y como no, en la expresividad. En definitiva, creyendo en el ideal de una arquitectura hecha desde la subjetividad para otras subjetividades y a la vez, comprometida con su época tomando el papel de intérprete y mediador entre ambos.