Tokio, Tokio
Sobre los Apartamentos Tokyo de Sou Fujimoto.
Pasajes Diseño #22, Octubre, 2010


Fotografía de Iwan Baan.

Usted ya conoce esta historia. Muchos lo han intentado antes. Quizás incluso usted mismo lo haya pensado alguna vez. Alguien completamente ensimismado con una idea comienza a recrear su propia reproducción de lo amado. Poco a poco se convierte en algo más que una mera reproducción. Pura pasión. Obsesión. Y lo que comenzó como una mera investigación acaba convirtiéndose en el elemento clave de su existencia. Cualquiera puede imaginarse, no siendo yo quien los nombre, las diferentes maneras en que esto puede llegar a materializarse.

Una de ellas podría ser la de Sou Fujimoto, arquitecto, que ha construido una personal visión de su ciudad, Tokio, dentro de una minúscula parcela de menos de 100 metros cuadrados y localizada en esa misma ciudad. Pero, ¿cómo es posible reproducir, o ni tan siquiera representar una ciudad de más de 2.000.000.000 metros cuadrados en un solar de tan diminutas dimensiones? Quizás por lo arriesgado (y por supuesto también por mi pánico a ser incapaz) de responder a tan grandilocuente pregunta, sea ahora un buen momento para echar un vistazo a otro par de casos que con resultados fascinantes (pues ambos autores son, por cierto, considerados por el que aquí escribe como auténticos maestros) han tratado de exponer y entender la lógica detrás de otros intentos arquitectónicos de este tipo.

Paul Auster publicó en 1990 su novela “La música del azar”. En ella, uno de los personajes, un millonario llamado Stone, está inmerso en la construcción de su llamada “ciudad del mundo”, una representación a escala de su propia vida, una reproducción en miniatura de todos los hechos más significativos que le han llevado a ser quien es. Pero no es solamente una visión autobiográfica, sino también utópica puesto que realmente muestra, además, como le gustaría que fuese el mundo. Auster, escritor experto en todo tipo de excentricidades y obsesiones, anota además que el millonario planea construir una reproducción de esta maqueta dentro de la propia maqueta, una tarea que probablemente le llevará el resto de su vida. Asimismo, existe otro personaje en la novela llamado Nashe que, insertado de alguna manera en esa “ciudad del mundo”, expondrá a largo de la novela como en la misma “idea de tan extravagante pequeñez” hay algo oscuramente ofensivo.

Por otro lado, Charlie Kaufman presentó en 2008 su película “Synecdoche, New York”. Caden, su protagonista y director de teatro, crea también una reproducción a escala de su propio mundo, de su vida. En este caso, la reproducción se basa en la sinécdoque, en el que una parte representa al todo, o viceversa. Caden, obsesionado con la creación de una obra de teatro brutalmente realista y honesta, comienza a construir los escenarios de todos y cada uno de los pasajes de su vida, lo que le lleva inevitablemente a introducir escenarios de los escenarios dentro de la construcción principal. Poco a poco este proceso va difuminando los límites entre realidad y reproducción y sigue desarrollándose hasta (¡Atención, spoiler!) la muerte del propio Caden.
 
(No me queda más remedio en este punto que recomendarles una revisión de ambas obras por el significado mucho más profundo que ellas mismas dan al problema planteado cuando son disfrutadas en toda su extensión y con esta idea en mente)

Pero volvamos ahora de nuevo a Tokio. Fujimoto describe esta obra como “una miniatura de Tokio. Una materialización del Tokio que jamás ha existido”. Formado solamente por cuatro viviendas de dos o tres habitaciones cada una y distribuidas a lo largo de tres plantas, aparentemente casi no podría denominarse un proyecto de vivienda colectiva, y mucho menos una representación de toda una ciudad. Pero Fujimoto, experto en las relaciones entre lo figurativo y lo abstracto, utiliza sólo una, la principal característica de su ciudad, para representarla. El (aparente) desorden urbano de Tokio ha guiado conceptualmente la apariencia del proyecto. 

¿Y qué es exactamente lo que ha llevado a Fujimoto a plantearse este problema como respuesta a un encargo? Si nos fijamos en Stone y Caden, aunque ellos construyen estas “reproducciones” de una manera literal, imitando la realidad a escala real en el caso de Caden y en miniatura en el de Stone, ambos necesitan las “reproducciones” como mecanismo para interactuar con la realidad, para entenderla. El (obsesivo) mimetismo, única llave para evitar alejarse demasiado de la fuente originaria, probablemente acaba siendo la razón del fracaso en estos dos casos (ficticios) de referencia. Pero los prototipos apilados en este proyecto no son duplicados de la típica casa japonesa; son más abstractos, como si en su ambición pudieran hacer referencia a cualquier metrópolis contemporánea. Fujimoto, en su intento por entender su (la) ciudad, y por defecto a sí mismo, parece liberado de la peor de las trampas, que es la complejidad que conlleva la réplica y que sólo se resolvería con otra réplica de la réplica y así sucesivamente. Ha evitado la distorsión que los procesos de réplica hubieran generado en el resultado final (si alguna vez éste se hubiera alcanzado).

Fujimoto describe cómo el proyecto trata de “crear un lugar infinitamente rico que está lleno y es desordenado como también lo es Tokio” para anotar luego que “a la vez también se resiste a desvanecerse en ese mismo desorden”. Quizás esta ambivalencia sea la razón de su éxito. Mire el proyecto y sólo verá caos y complejidad. Le será casi imposible entender cómo puede haber cuatro viviendas independientes en tal amalgama de “casas”. Sin embargo, esto funciona casi como una ilusión óptica, porque para el usuario no es complicado en absoluto. Como ocurre en Tokio, los habitantes se mueven con asombrosa facilidad en lo que para el ojo no entrenado es el mayor de los caos. Es la mezcla perfecta entre lo natural, lo que estamos acostumbrados a ver y experimentar, y lo artificial. Ha creado algo muy simple con una geometría asombrosamente complicada.

Y Fujimoto construye lo más complicado con una aparente falta de esfuerzo de manera que permite a sus inquilinos, e incluso a nosotros los espectadores, ser capaces de entender su personal visión de una ciudad como Tokio a través de una única obra. Estas viviendas nos muestran cómo vivir en la ciudad de Tokio; o viceversa, como el propio Fujimoto explica: “Tienen su propia casa al pie y en la cima de la montaña respectivamente. Y por el mero hecho de subir y bajar la montaña, la montaña se convierte en la propia ciudad que será experimentada como su propia casa”.

El hecho de que ahora mismo usted, esté donde esté observando las imágenes de estas viviendas y recorriéndolas mentalmente, sea capaz de entender un poco mejor la ciudad de Tokio, es un regalo, una especie de milagro que Sou Fujimoto obsequia no sólo a sus habitantes, sino también a todos los extraños ávidos por entender, extraños como nosotros.