La Promesa de los Bols
Sobre la House of Bols de …,staat
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Fotografía de Anothercompany.

En Amsterdam, en frente del Museo Van Gogh y entre el Rijksmuseum y el Museo Stedelijk (los tres museos más importantes de la ciudad) se encuentra la Casa de los Bols (House of Bols), un lugar que promete no ser un museo en torno a la ginebra holandesa (conocida como jenever y que es la base de lo que hoy conocemos comúnmente como ginebra) ni tampoco un showroom de la marca (siendo probablemente "bar" la palabra a evitar). Prometen algo más, o lo que ellos llaman, una auténtica Experiencia. Este texto trata de comunicar eso, la Experiencia.
Así que con las expectativas, por qué no decirlo, no muy claras, me dirijo a la recepción, en lo que exactamente podríamos describir como una entrada de museo en toda regla. En un espacio neutro con unos cuantos cientos de botellas alineadas a tu espalda a modo de pared en una gigantesca estantería con baldas de cristal, la guía, con una sonrisa y porte de pinacoteca, te explica en qué consiste todo esto, cómo moverte a lo largo de la exposición (perdón, la Experiencia) y qué es exactamente la ginebra holandesa, y todo con un fondo de música lounge más propio de las tiendas exclusivas que se esparcen por esta zona de la ciudad. (Museo 1- Experiencia 0)
Desde aquí, y bajando unas escaleras me sumerjo en el primero de los espacios subterráneos, una sala cuadrada y de paredes y cortinas negras donde se muestran los antiguos utensilios de destilación de la ginebra junto con una serie de pantallas LCD donde "leer" la historia y algunas curiosidades de la marca, un espacio que define lo que será una constante en todo el recorrido, esto es, una obsesiva combinación de lo antiguo y lo moderno enfrentados para (imagino) no olvidar que esto NO es un museo. (A pesar de las buenas intenciones, 2-0)
En silencio y un poco decaído por el transcurso de los acontecimientos, entro en el siguiente escenario que queda totalmente inundado por el blanco nuclear de los azulejos que rodean una minuciosa colección de miniaturas arquitectónicas llamadas "The Delfts Blue Collection", 88 pequeñas casas holandesas rellenas de ginebra Bols que son regalo para quienes viajan en primera clase con KLM, la aerolínea holandesa. Esta es la sala denominada, muy acertadamente, "Vista" puesto que no estás invitado a hacer uso alguno de las casitas, que se encuentran flotando en una larga urna de cristal a modo de auténtico tesoro puesto que aparentemente son objeto de colección desde los años cincuenta, aunque para mi posterior decepción, las subastas por diez de estas casitas repletas de licor en Ebay (recurso bastante fidedigno para esto de corroborar falsas promesas) empiezan a 25 euros y a 24 horas del cierre, hay 0 apuestas... (Definitivamente, 3-0)
Y cuando ya creo que poco se puede hacer para cambiar mi incipiente frustración, la siguiente sala, lugar plagado con textos en luces de neón, tipografías e iconos de aspecto pop sobre espejos, y paredes pintadas en gradiente de azul a magenta, te promete que algo va a cambiar, que la historia se ha acabado y que de ahora en adelante eres tú el centro de la Experiencia. Y claro, lo primero que encuentras entonces para tu propio recreo son una serie de experimentos sobre qué significa realmente el Gusto en una sala entre magenta y naranja con más pantallas LCD con imágenes de fresas y más explicaciones y donde se intenta a toda costa confundir el sabor de la vainilla y el chocolate en dos ensayos, y que para ser justos, funcionan y son divertidos y no requieren mas de 20 segundos cada uno y te animan a seguir con un poco más de curiosidad. (Ahora sí, 3-1)
Sin embargo, de aquí en adelante, esa ambición de NO ser un museo empieza a crear situaciones inverosímiles si no un tanto embarazosas. Y es que en el espacio Olfato, con 36 vaporizadores de 36 diferentes y delicadas esencias en una sala rectangular con paredes de nuevo a modo de gradiente que incluye toda la paleta de colores imaginables y que también contiene un nicho con una serie de cajones (el pequeño espacio Tacto) para tocar los ingredientes utilizados en la producción de la ginebra y otros licores, este espacio está infectado por un lejano sonido del techno holandés más macarra que empieza a incomodar si realmente quieres probar y disfrutar los 36 vaporizadores. (Nota: La casa de los Bols cierra todos los días, excepto los viernes, a las 6 de la tarde, lo que supone que la mayoría de los visitantes vienen del Museo Van Gogh o similar y tienen el ánimo, digamos, a otro nivel. Además, ninguno de los allí presentes en aquel momento parecen tener la más mínima conexión con la escena techno-underground holandesa). (Por todo ello, pero especialmente por lo ambiguo de la situación, 3-2)
Y tus temores se empiezan a hacer realidad cuando el volumen de la música empieza a aumentar pero antes te ofrecen contemplar en un minúsculo y oscuro receptáculo un cuadro de, a primera vista, Rembrandt (quien vivía en frente de la Casa de los Bols y era un asiduo a la ginebra, y quien regaló un cuadro, este cuadro, a la familia, pero que no era suyo, el cuadro, si no de uno de sus estudiantes, y que pero a pesar de todo aparentemente es una obra maestra, según pude leer). Y sí, finalmente llegamos a la (temida) sala Oído, una sala circular y negra con asientos circulares y blancos en donde una pantalla de 280º que cubre todo excepto la entrada te muestra a un montón de gente bailando al ritmo del (anteriormente mencionado) minimal-punchy-robotic-techno, y enormes botellas de ginebra (no puedes estar a más de 1 metro y medio de distancia de la pantalla que es al menos 1.80m de altura) de diferentes colores se deslizan de izquierda a derecha también al ritmo del musicón. La sensación de estar totalmente fuera de lugar es mayúscula, principalmente por la falta de una copa de ginebra en mi mano pero también porque sé que son las 4 y media de la tarde y SÍ he dormido la noche anterior. (Por no saber muy bien qué pensar... 3-3)
Supongo que debido en parte a mi total desorientación, no recuerdo la siguiente sala que te despide del sótano (aunque sí me viene a la memoria la entrada a unos aseos justo a la salida de la sala Oído como recordándote que no, que aún no te has tomado ni una sola copa) antes de subir al Mirror Bar donde te ofrecen tomar un cocktail a tu elección (¡al fin!) incluido en los 11.50 euros de la entrada. Y rodeado de turistas americanos preguntando cómo llegar hasta el más cercano coffeshop de turno yo me decanto por un Collins que me sirven en un vaso Collins y que según me cuenta el camarero incluye ginebra holandesa y zumo de limón y tiene un refrescante punto de sofisticación (sea lo que sea lo que eso signifique) y que todo sea dicho, me pone un poquito alegre y hace que me pregunte mientras espero a que me traigan mi chaqueta a la salida si no sería mejor a veces evitar las paradojas y llamar a las cosas por su nombre, importando menos qué es lo que se quiere transmitir y más qué es lo que te han hecho sentir. ¡Salud!