La Jaula Abierta
Sobre la Garden House de Takeshi Hosaka Architects
Pasajes Diseño #12, Abril, 2009


Fotografía de Sergio Pirrone.

Madrid, 1997 ó 1998
(40°23’N 3°43’W, 607 km2, 2,8 millones de habitantes, 4.612 habitantes/km2)

Creo que fue en 1997 ó 1998, unos pocos años después de empezar la carrera de Arquitectura, cuando me di cuenta por primera vez de que algo estaba pasando en Japón. En aquel entonces yo tenía poco o más bien ningún conocimiento de aquella arquitectura no construida por los grandes maestros, y todo lo que conocíamos a través de las revistas era tildado de vulnerable y pasajero, algo de lo que no te podías fiar si querías llegar a ser un buen arquitecto. Evidentemente, todos nosotros, tan pronto como podíamos, ojeábamos ávidos las páginas brillantes de esas revistas donde publicaban a nuestros contemporáneos con una mezcla de disfrute y culpabilidad, que hacía de todo aquello una experiencia absolutamente memorable.
De entre todo lo que recuerdo de aquellas horas muertas sentado en cualquier parte, ya fuera en la biblioteca, en un bar, en casa, en el metro o incluso andando (y por increíble que parezca, que hasta hoy en día a mí me lo parece, casi todas esas páginas se me muestran ahora como si hubieran formado parte de los libros de Historia de la Arquitectura que estudié entonces) lo que más me llamaba la atención, seguramente por la claridad y franqueza que aquellas imágenes y planos producían en mí, eran esas pequeñas casitas japonesas. Tan blancas que parecían sacadas de un pueblo mediterráneo donde por alguna extraña razón sus habitantes habían alterado sus rasgos físicos y de manera sorprendente habían sido transportados a algún otro lugar desde el país nipón. Pero lo que me producía una mayor impresión, y aún hoy me sigue ocurriendo, era localizar esas casas en su contexto, a veces en medio del desorden de cientos de otras pequeñas casas casi sin aire para poder respirar entre ellas, y otras veces en barrios de un orden frío y distante, pero siempre en las grandes ciudades de Japón como Tokio, Osaka, Yokohama o Kioto.

Cáceres, 1987
(39°51’N 5°40’W, 60,41 KM2, 487 habitantes, 8 habitantes/km2)

Como otro verano más, la familia se traslada a la pequeña casita en un pueblo perdido de Extremadura. El calor es intenso, los días muy largos y las opciones de que algo extraordinario ocurra son vagas. Además, eres demasiado pequeño para moverte sin tener a un adulto a tu lado, con lo que tus alternativas quedan reducidas casi exclusivamente a tu propia imaginación y a los confines de la casa. Una casa que tiene todos los elementos necesarios para el discurrir del día a día de una familia ampliada con abuelos, y temporalmente con tíos o primos, que no hacen sino aumentar las posibilidades de caos inesperado gracias a las modificaciones casi espontáneas de, lo que el resto del verano llamábamos, el espacio doméstico.
Pero lo que siempre queda al margen de los cambios, sin importar cuanta gente vive o visita la casa, y precisamente porque siempre está cambiando y porque acoge todo tipo de actividades, incluso las más inverosímiles, es el patio. Rodeado de habitaciones en dos de sus lados y protegido por un muro en los otros dos, aloja en el centro un árbol: la higuera, cuyos frutos otorgan uno de los periodos de máxima actividad de la casa cuando la familia y amigos se esparcen por el pequeño patio y escalan y azotan el árbol, para recoger los mejores frutos para después limpiarlos y disfrutarlos allí mismo. Y muchas veces, después de la ajetreada jornada, nos reunimos todos para una cena informal, donde pequeños platos se mueven rápidamente de la cocina al patio pasando de mano en mano, y nos deleitamos según van pasando las horas del atardecer que se descubre en esa estancia sin techo y que tan alejada parece de todo lo que sucede, o no sucede, en el exterior. Y así llega la noche, y como si de algo natural se tratara, los más pequeños de la familia, incluyendo también a los más jóvenes visitantes, hacemos acampada bajo la higuera, y allí pasamos la noche, como si una nueva habitación hubiese sido construida esa misma tarde para nuestro propio disfrute.

KANAGAWA, 2008
(35°27’N 139°38’E, 437 km2, 3,6 millones de habitantes, 8.335 habitantes/km2)

Me encuentro de nuevo con una de estas casas, The Garden House, obra de Takeshi Hosaka Architects, situada en Yokohama entre otras muchas minúsculas viviendas, y vuelvo a ver en ella esos rasgos que caracterizaron otras tantas de estas obras que nunca me canso de observar e imaginar cómo es vivir allí: las estancias de dimensiones mínimas pero perfectamente estudiadas para cada una de las funciones domésticas, las paredes inmaculadas sin adornos ni muestras de aparente desorden, los detalles, sencillos pero con una capacidad de transformación del espacio asombrosa, la fascinación casi de manera desesperada por el espacio abierto, como si el anhelo por lo perdido tras la decisión de vivir en la congestionada ciudad guiara toda la organización de la casa.
Y es también el patio en The Garden House el eje central de la casa, dominando cada uno de los espacios que la componen como si éstos fueran tan sólo un apéndice del mismo, donde todo gira alrededor de él, y donde, como también al contrario, cada una de las estancias se abren a él y se expanden ampliando sus dimensiones con límites ciertamente inciertos.
Son estas casas, aquellas en las que no piensas quién las ha proyectado, sino cómo sus habitantes se han apropiado de ellas, las han hecho suyas y las disfrutan, las que tienen un valor añadido sobre la arquitectura; las que no interesan por su definición del buen o mal diseño, sino por la cantidad de experiencias vividas, cuyos términos no están asociados a una época sino a generaciones o personas concretas. Quizás en estos momentos, y ahora más que nunca, nos interesen mucho más aquellas obras que nos inspiran, contagian o reconcilian con la arquitectura que la absoluta y aburrida genialidad.