DUDAs.
Sobre la biblioteca Jaume Fuster de Josep Llinás
Pasajes de Arquitectura y Crítica #77, 2006


Fotografía de Davide Pellegrini.

A menudo, los arquitectos nos hemos obligado a ser coherentes. A utilizar el término coherencia como sinónimo de validez y consistencia cuando nos referimos a la trayectoria de éste o aquel arquitecto. Coherencia formal, coherencia constructiva, coherencia estructural, coherencia intelectual… parece como si no se nos permitiera dudar de aquello a lo que nos hemos acostumbrado con el paso del tiempo. Pero claro, nuestros referentes históricos están llenos de autoafirmación. Los “grandes maestros” nos han enseñado a tomar una dirección y a no escapar de ella. Pero también el desarrollo de la experiencia arquitectónica nos lleva a algunos, y de forma inevitable, a generar un postulado teórico inevitable que nos guíe en la manera de enfrentarnos a las situaciones que cada proyecto, sea del carácter que sea, requiera. Esto es, un mapa mental de cómo entender la realidad que nos rodea (siempre absolutamente subjetivo) para poder darle respuesta.

Llinás acaba de terminar la construcción de la biblioteca Jaume Fuster en Barcelona. Generando lo que podríamos llamar una sorpresa relativa en cuanto a las ideas preconcebidas que pudiéramos tener sobre su obra, este edificio se sitúa como un punto de inflexión en su trayectoria. Hasta este momento su arquitectura se había presentado casi siempre como una serie de juegos geométricos (más o menos complejos) que resolvían tanto difíciles situaciones urbanas (véanse como claro ejemplo las viviendas de la calle Carme de Barcelona de 1995) como problemas de carácter más representativo e iconográfico. Había un replanteo de los mecanismos del movimiento moderno para conseguir una “permanente renuncia al objeto arquitectónico acabado” (Alejandro de la Sota, en la introducción al libro Josep Llinás, Tanais, 1997).

Es cierto también que en el momento actual no se permiten las medias tintas. La arquitectura, al igual que cualquier disciplina (de cualquier índole, ya sea creativa o científica), debe ser capaz hoy de dar respuestas claras a problemas concretos. No hay sitio para la indecisión. La velocidad de respuesta y la contundencia de la misma comienzan a ser factores decisivos a la hora de poder ejecutar cualquier proyecto. Los tiempos de maduración (y por tanto también los de reacción) se reducen y los riegos (o la pérdida de control sobre el resultado) empiezan a formar parte integrante de los desarrollos. Los primeros planteamientos y la propia ejecución pasan a ser etapas en las que se toman el mismo número de decisiones trascendentales para el resultado final.

Llinas ha empezado a plantear nuevas características a algunas de sus últimas obras. Las ideas que podían materializarse con el manejo más o menos contemporáneo de las herramientas del movimiento moderno siguen ahí, pero se han vuelto más extensas. Más vagas, quizás, lo que las dota de un carácter más interesante. Son ideas estás que no pueden resolverse con los mismos esquemas de siempre, porque no tienen un referente en esa modernidad basada en la máquina como principio generador. Conceptos como naturaleza y límite, se mezclan con sus temas habituales. Pero todavía seguimos viendo al Llinás controlador de los espacios y creador de pequeños rincones, pero ahora las cosas se han complicado más para ser más contundentes.

Esta situación de inestabilidad me hace pensar… ¿qué pasa si los riesgos se toman a largo plazo? ¿y si cada proyecto se entiende como un pequeño paso, aislado? Liberarnos de nosotros mismos y pensar sólo en la respuestas necesarias al problema planteado (en realidad, la mayoría de las veces, los problemas que nosotros mismos nos hemos planteado) seguramente nos hará actuar de manera sorprendente (y por que no, la mayoria de las veces incoherente). Empezaríamos entoces a encontrar coincidencias entre la (supuesta) falta de rigor y el postulado teórico personal. La falta de coherencia puede empezar a entenderse entonces como rápidos tanteos de algo indeterminado o simplemente como respuestas únicas a problemas concretos. La incoherencia pasa a ser un método especulativo de proyecto: dudamos de todo, incluso de nosotros mismos.

Las biblioteca en Can Ginestar o la del barrio de Gracia en Barcelona empezaron a mostrar caracteres impropios (al menos desde el punto de vista formal) de la arquitectura que esperábamos de Lllinás. Frases como “maleta llena de ropa” o “montañas que llegan a la ciudad” nos hacen entender que ahora tiene nuevos intereses, que hay una intención de una arquitectura más expresiva. Una arquitectura que en cierta medida responde a la sociedad audiovisual en la que se desarrolla desde el momento en que se utiliza la analogía como mecanismo para mimetizarse con el concepto deseado. En este caso, quiero decir, en el de la arquitectura, se produce el efecto contrario del que explica José Luís Pardo en su libro “La banalidad”: si para la publicidad, la semejanza (como acentuación de la analogía) tiene el riesgo de hacer demasiado evidente la diferencia, en nuestro caso esa evidencia es la que nos ofrece el punto exacto de equilibrio entre imagen mental y construcció, la relación precisa entre el objeto deseado y el objeto representado. Justamente porque el peligro de hacer propaganda de la imagen- deseo se transforma aquí en el objetivo principa-final.

El referente para esta arquitectura de la “incoherencia” no serían ya los maestros con todo aprendido y todo por enseñar, con una solidez tal que la duda de cómo actuar en cada momento quede completamente desechada. Le damos la vuelta a la tortilla: nos interesa ahora la etapa de aprendizaje, esa época en la que no tenemos certezas y donde cada nuevo proyecto pasa a ser completamente experimental. Un momento clave en el que lo puedes hacer todo porque no tienes nada. Ser siempre estudiante: no ya como una época de inmadurez sino como un estado de permanente regreso. Hay que olvidar. Un nuevo aprendizaje que salta de un proyecto al siguiente y al siguiente…

La biblioteca Jaume Fuster nos habla de la ciudad y de la naturaleza. Situada en un punto de difícil definición urbana (en la plaza Lleseps, al final del ensanche donde parece que empieza a acabar la ciudad pero que aun no es montaña,) el edificio recibe el compromiso de responder a la ciudad y a lo que le espera al fondo, insinuandose…la naturaleza; y su leitmotiv, “reproducir” las características naturales de la montaña de Collserolla, parece la respuesta al inevitable efecto de la vida urbana sobre la montaña. Si el hombre urbaniza la naturaleza, si se apropia de ella y la manipula, entonces el hombre también debe naturalizar la ciudad; y el arquitecto se convierte en generador de paisajes.

Antes que replantearse las seguridades, preferimos utilizar las inseguridades. No buscamos un método, sino lo contrario.

Si entendemos estos nuevos proyectos de Llinás como un momento congelado de un movimiento constante hacia no sabemos bien qué, ¿qué podemos hacer frente a este objeto que descoloca las estructurales mentales de una obra ya aprehendida? ¿Cómo podemos evitar caer en la tentación de suponer la obra como un inacabado, es decir, como una evolución de los mismos temas que ha utilizado siempre? ¿No sería mejor pensar que las ideas, y las intenciones, y las ganas de arriesgar han podido con la seguridad del saber hacer?
Sin duda los espacios siguen ahí. Y la biblioteca esta llena de ellos. Llinás, experto en el funcionamiento de las bibliotecas, (a lo largo de su obra podemos verlo como un tema tan recurrente como obsesivo) genera una desfragmentación interior (al igual que lo hace al exterior) mediante lo cual consigue esos pequeños espacios íntimos en los que el paso del tiempo se torna algo fácil y placentero. Leer contra una pared se transforma en leer frente a la ciudad muda (a través del cristal). Espacios cruzados que evitan las salas como almacenes de libros para convertirlas en lugares cálidos de lectura.
¿No se puede acaso lograr aunar la experiencia del maestro con la curiosidad del estudiante? ¿Podemos pensar que no hay que renunciar al saber para empezar de cero?

Me gusta pensar que Llinás sabe hacer todo esto. Y que lo hace porque sabe dudar. Y porque no le da miedo.