Dulces Sueños Urbanos
Concurso.
Calaf
2005

“A nosotros nos toca insuflarle vida a las piedras, para que no estén tiradas por ahí, como animal muerto”.
Joseph Beuys.

Parece que las ciudades se han convertido en dibujos de arquitectos. Ejes, plazas, parques… son sólo el resultado de las exigencias de un mercado en el que cada vez menos priman los intereses y los deseos de los ciudadanos en beneficio de los de la urbe (con todo lo que esta ampliación de los términos conlleva). Los espacios generados pierden valor en cuanto que no responden a lo que sus usuarios demandan. Ya no nos pertenecen. Y cada vez nos cuesta más apropiarnos de ellos; nos requiere un esfuerzo que muchas veces no estamos dispuestos a asumir.
Las palabras, como los objetos, se desgastan con el uso. Qué significa hoy en día espacio público. O siendo más precisos, qué es necesario para conseguir que el espacio público vuelva a ser eso, público. Cómo es posible generar una actuación que ponga de acuerdo lo que es y lo que debería ser.
Planteo una estrategia sencilla: resolver el problema mediante una metáfora y no mediante un trazado. ¡no queremos más planes urbanos! Una metáfora que funcione tanto a nivel conceptual como a nivel material. Que pueda ser aplicada tanto en los nuevos “espacios públicos” por construir como en aquellos que se quedaron a medias. Insuflando vida y carácter realmente público a aquellos que en su día quisieron ser pero no pudieron.
Queremos estar representados en la ciudad. Que nuestra voz sea oída y nuestros sueños se hagan realidad. Pues hagámoslo. No nos hacen falta grandes construcciones para conseguirlo.
Utilizaremos lo ya existente, los elementos que constituyen el espacio público tipo para transformarlo en algo que nos represente. Una micro-actuación cuyos efectos vayan más allá.
Cuando el sol se haya ido y las farolas comiencen a iluminar la ciudad, en una calle desierta, alguien dará un paseo. No se fijará ni dará importancia a lo que hay a su alrededor. Estará inmerso en sus pensamientos y preocupaciones. Y siente la soledad del que deambula sin saber a dónde ni porqué. Pero a la vuelta de la esquina, en una de esas calles inertes que hay entre la ciudad vieja y la antigua, una de tantas, se detendrá. A pesar de que es una calle cualquiera, no tendrá más remedio que detenerse. Mientras todos duermen, ahí mismo, delante de sus ojos, estará viendo los sueños de esos habitantes anónimos que tan cerca están de él pero a los que jamás habrá visto y que ahora duermen. Como por arte de magia, allí ve el pueblo que una familia de inmigrantes dejó atrás hace ya tantos años; las caras de los padres que alguien desearía ver pero que no se atreve; hasta el coche de carreras que un adolescente espera poder comprarse algún día.
Y en ese momento se da cuenta; sí, era aquella calle en la que el otro día paseó y se fijó en que en sus farolas, colgaban pequeñas como crisálidas de un insecto que aun duerme y que está esperando despertarse. Ahora parecía que estaban despiertos.
Una doble apuesta. Adueñarnos de las calles cuando nadie las quiere. Con lo mínimo. Durante el día sabremos que estamos ahí, en nuestra misma calle, manteniéndonos ocultos y esperando a que llegue el momento preciso para saltar y ocuparla por completo. Pero no tendremos que hacer nada. Sólo esperar a que la urbe se quiera iluminar y zas!... nosotros estaremos ahí.
Nadie sabrá exactamente que representan esas imágenes que se ven proyectadas en el suelo. Cada una de ellas será única: de un vecino concreto y representada según sus deseos. ¡son sus sueños!
Tampoco sabrán a quién pertenecen. El anonimato como parte del misterio de lo onírico. Sólo habrá una certeza: son de alguien que vive ahí mismo.
Una calle o una plaza, generada por los propios habitantes. Quizás, en ese momento, comprendamos que nosotros no hacemos la ciudad, la somos. No pretendemos ser usuarios del espacio público. Queremos serlo.
Por eso, el grado de participación social es, en este caso, imprescindible. Está en los cimientos mismos del proyecto. Sin deseos no hay apuesta. Sin apuesta, no hay espacio. La implicación de un grupo de personas que viven cerca pero que apenas se conocen, y crear entre ellas un vínculo emocional, que aparece inmaterial e intermitente en el lugar en que se cruzan a diario… Me gusta pensar que esta es una propuesta aescalar. Que atiende tanto a la singularidad de los habitantes como a la colectividad del pueblo o ciudad en la que se instala. Que sus efectos se extienden más allá de los límites de una calle o una plaza. Y sobre todo me gusta pensarlo porque en realidad lo único de lo que trata es de poner de manifiesto algo que ya está ahí, que sólo está esperando a ser despertado. Como si estuviese acabado antes de comenzar.